¡¿Me estás llamando borracho?!

Hoy quiero compartir una de las historias que me marcaron en mi carrera, y de la cual aprendí mucho, si bien aún no había comenzado a formarme académicamente y era yo muy joven. Como sabéis comencé a contactar con este gran mundo de la gastronomía desde pequeño, tenía entonces unos 8 años de edad. Pero ya sabía que me gustaba y ayudaba encantado en el “BAR PAGÈS” de Gerona, que regentaban mis padres en el antiguo barrio de Sant Narcís, cerca de las vías del tren. Recuerdo que incluso en esos tiernos inicios, ya me percibía como alguien exigente, involucrado y comprometido con lo que estaba haciendo, presente totalmente. Solo que, como era natural, me faltaba información, y técnica. Era una esponja que aprendía mirando a mi papa, quería que todo saliera perfecto, quería que él estuviera orgulloso.

Y un día me encuentro con la que iba a ser mi primera clase express de “atención al cliente”, sólo que el aula iba a ser el propio bar de mi padre, y el profe uno de sus clientes. Esta persona estaba esperando la llegada de su jefe, muy inteligentemente se había presentado a su reunión con antelación, para prepararse, y mientras pidió una cerveza. PUM!! momentazo, mi primera tirada de verdad! Mi padre, que tenía muchos rasgos de barista a pesar de no haber estudiado nada,  ya había estado enseñándome a tirar la cerveza perfecta, y yo había estado practicando. Imaginaros que ilusión! Y aún así, deseaba para mis adentros que él me reemplazara en el servicio porque una tirada real me daba respeto. Pero mi papa, sin que nadie lo viera me guiñó un ojo y con gran naturalidad y confianza me dijo: “_Xavi, ponle una cerveza aquí al señor”. Y luego se retiró a pasar una bayeta por la rejilla de la cafetera como siempre hacía, mientras pretendía que no me miraba. Pero el papa nunca fue muy bueno actuando, no podía disimular esa sonrisa que se le dibujaba debajo del  bigote. Y yo sabía que me estaba observando… En aquel momento sentí que podía, tiré la cerveza en su copa casi sin atisbo de duda, (“controla la inclinación de la copa, controla la  cantidad de espuma…”), la coloqué en la bandeja cuidadosamente, caminé con decisión hasta la mesa y se la serví a nuestro cliente, quien me regaló un: “_Muy bien, gracias chaval”. Que bien me sentí entonces, creía que podía con lo que fuera! Al cabo de un rato apareció la persona que esperaba, educadamente el señor ofreció algo de beber a su jefe. Yo, atento, lleno de confianza y positivismo, me acerqué para tomar la comanda: un café americano con hielo y otra cerveza. Y aquí mi gran metida de pata, ya que aún tenía por aprender cuál es el momento más oportuno para callarse, y dije: “_¿Otra?”. Nunca una sola palabra tuvo tanto poder para cambiar un ambiente. Aquel señor me miraba con unos ojos de fuego en los que incluso yo con mis 8 añitos podía leer claramente: “¡¿Me estás llamando borracho?!”. Que mal lo pasé, rojo cual tomate cherry y deseando que me tragara la tierra… La siguiente imagen que cruzó mi cabeza fue mi papa corriéndome por todo el barrio con una escoba y pensé: “_ Madre mía, mi carrera como camarero ha muerto antes de empezar”.

Aquel hombre que estaba siendo uno de mis primeros clientes y unos de mis primeros profesores al mismo tiempo, pagó la cuenta y luego de que su jefe se retirara se acercó a mi. Muy educadamente pero con un tono severo en la voz me explicó porqué no es acertado decir “otra” tratándose de bebidas alcohólicas, sino preguntar simplemente “¿qué desea?”.

Felizmente, luego de aquel momento de tensión que no olvidaría jamás, mi papa se sentó pacientemente conmigo y me transmitió muchas de las claves sobre atención al cliente que más adelante estudiaría en la escuela de gastronomía.

Es curioso como nos afectan ciertos detalles cuando niños, que luego al mirar atrás nos arrancan una sonrisa… ¡Un abrazo y hasta la próxima historia amigos!!

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